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“DE CUANDO CASI FUI POETISA”. Marina Paños. El racó del lector

MARINA PAÑOS/EL RACÓ DEL LECTOR. Hoy es el Día Mundial de la Poesía. Esa que me salvó como lectora, esa que me fue mostrando el camino como sólo ella sabe hacer, con amor, música y rimas, para que luego pudiera encontrar la senda de vuelta al mundo de los libros y del leer por placer. Ella me lo puso todo más fácil, ayudándome a salir de los libros obligados que tanto daño hicieron a mi hábito lector y que a tantos profesores gustan. ¡Qué error!

Y llega el día en que eres tú la que escribes con el ánimo de desahogar frustraciones adolescentes, desamores o dolores de la vida, y las vas guardando. No sabes cuando vendrá la inspiración, así que decides que un lápiz y un papel te acompañen para que cuando llegue la idea no se pierda.

Y lees y escribes. Y se acumulan los poemas hasta convertirse en una carpeta de tu ordenador. Enseñas algunos a tus amigas porque te ven escribiendo en horas de clase o en un lado del libro de historia que eres incapaz de memorizar por puro tedio. Porque en la adolescencia te cuesta encontrar motivaciones más allá del minuto presente.

Las imprimes, las guardas, las tiras, las quemas, las vuelves a imprimir y animada por no sé que fuerza extraña se las enseñas al profesor de literatura. Te cuesta dar el paso, así que con vergüenza le dices que llevas años escribiendo poemas, y él te pide que se las lleves. Pero es para nada, porque lo único que acierta a preguntarte es que de dónde las has copiado y te quedas muerta por qué es lo último que esperabas oír. Y todo porque no eres una alumna excelente, qué digo excelente, no eres ni una alumna de las que aprueba todas las asignaturas. Pero se las queda, no las devuelve. Supongo que se quedaron en su cajón cogiendo polvo como tantas otras cosas y fueron tiradas a la basura después de algunos meses, o tal vez días. Aún hoy imagino mis poemas, con mis sentimientos impresos en ellos en la mesa de la sala de profesores, a merced de quien quisiera ojearlos, desprovistos de la seguridad de mi carpeta, de la que estoy segura no debían haber salido nunca. Y dejé de escribir porque sentí vergüenza.

Tal vez, si aquel profesor no hubiera puesto en duda mi autoría y me hubiera hecho sentir tan pequeña, insignificante y miserable hubiera seguido escribiendo, hubiera querido leer más poesía. Pero abandoné aquel vicio para convertirme en la escritora de las postales de felicitación en los cumpleaños de mis amigos de la playa. Aún recuerdo a mi amiga Marga perseguirme con la tarjeta y el boli para que improvisara algo que luego todos firmaríamos. Y los años pasan… y una noche sales de fiesta y conoces a alguien que, mira que casualidad, es profesor de literatura. No sabes si te gusta o no, pero acabas desayunando con él en una cafetería a las 8 de la mañana hablando de Espronceda, de Lope, de Neruda, de Bécquer, de Benedetti… y entre risas te  encuentras recitando algunos versos que no besos, los cuales llegarían después, porque este último profesor de literatura es el buen marido bibliotecario.

El que “flipa” con lo que escribo -más por amor incondicional que por la calidad de lo escrito- , el que me invita a libros en las librerías como si fueran los cafés de aquel desayuno. El que hoy conocerá de la existencia de este episodio al mismo tiempo que vosotros. Ese con el que me casé hace un año y con el que decidí que en mi boda durante la salida de la tarta sonara una locución con nuestras voces recitando el Soneto 126 de Lope de Vega que no puede describir mejor lo que es el AMOR.

Así que hoy, muchos años después, al recordar aquel episodio de mi época de instituto y compartirlo con vosotros me cabreo soberanamente, porque puede que dentro de un tiempo -espero que no esté muy lejano- yo sea la que reciba como maestra los textos, dibujos, maquetas, o vete tú a saber qué cosas de mis alumnos, con la esperanza de que les de mi opinión o, simplemente buscando la aprobación para continuar el camino. Yo no dudaré de autorías mostrando mi ignorancia respecto al tema, porque comparar mis poemas con los de Pablo Neruda tiene tela Señor Sirera -esto por si me lee, para que se lleve el recado y si sigue impartiendo clase no cometa el mismo error-. Simplemente apoyaré las iniciativas de unas personas que están buscando su camino, que deben explorar e investigar sus propias posibilidades, personas que están creciendo desorientadas en un mundo de adultos y que encuentran cobijo en algo artístico.

Hoy la recomendación es simple y llanamente: ¡leer POESÍA!

 

Nos vemos la semana que viene. Misma hora, mismo lugar.

¡Felices lecturas!

Os recuerdo que podéis mandarnos vuestros textos, poemas, opiniones o sugerencias al siguiente email: elracodellector@diarisantquirze.cat .

2017-03-21

2 comentaris

  1. Me ha chiflado…te lo digo.

  2. Marina Paños

    Muchas gracias, me hace una ilusión infinita vuestros comentarios, te lo digo yo también.

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