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“Y aún así, decidió alumbrar el camino y deslizar palabras en una mañana de otoño, recoger las migajas que iban y venían con el viento, sucediendo sin más”.

“Raúl”

Por Tirupathamma Rakhi

Quemaban las huellas como brasa pintada en las letras de una piel muerta, sucumbida en las tierras olvidadas, perdidas y a veces, ganadas.  Hablaba, desdén en un cuartel descuartizado en los torrentes de una soledad escogida por el evento en concreto, sin denotaciones, encadenando a los recuerdos del pasado, consagrado por el rastro de eslabón a eslabón, como quién corre entre los tiempos entre paredes fantasmales o bailando sobre patines en hielo. Dormía entre dudas de miedos y congresos de pensamientos alojados en colchones de lágrimas, colgantes de libros abandonados. Un jardín de canciones aún por cantar, melodías prendidas de gotas de un cielo azul, coser felicidad en el desierto de bocas sedientas. Complejo recuerdo. Y aún así, decidió alumbrar el camino y deslizar palabras en una mañana de otoño, recoger las migajas que iban y venían con el viento, sucediendo sin más, como una costumbre de caminar entre miradas sin destino, husmeando el horizonte de parajes en casas y bloques con las fronteras de un rascacielos en cubiertas de manta. Exploró el alma vagabundo y liberó ése dolor que arropaba en mi pecho en los  días y noches, dónde la luna y el sol bailaban en un mismo festín, juntos. Y sin embargo, conquistó en bastas palabras revivir el latir del corazón y desear dar sentido a los vocablos que se perdían en la brisa de hojas secas, aflojando las ganas de huir de la vida. ¿No era acaso una casualidad danzar conversaciones divergentes en el andar entre calles desnudas de historias? ¿No es la ciudad alejada de miradas con palabras, destinada a cruzarse dos seres en un mismo sendero e intercambiar emociones, expresarse con la libertad y la confianza de un amigo de un tiempo indefinido aunque en realidad tan sólo hubieron pasado breves minutos? Fueron ocasiones extrañas, una después de una llamada y la otra después de un horror de noche y ahora… hoy, veinte siete de octubre, le volví a ver. Me deslumbró en una cálida mañana, en el que las horas se esparcían entre sombras y luces de rayos prendidos por destellos alumbrados por fugaces estrellas. Bastaba con unas palabras sellado con mis labios el proseguir, luchando por el sendero que había comenzado, en el relato de líneas, una fuente que dejó caer el aliento que faltaba en mi alma. Volar en las pinturas quebradas de tu mirada, un floreciente cerezal de tus manos no rozadas, desaconsejado y aventurado andar. Extrañaba la coincidencia de encontrarte flamante entre insólitos ojos. ¿Volveremos a descubrirnos y/o hallarnos en los paseos de una alfombra dorada transparente? Arraigada en la literatura, poseída en el juramento del viajar aún por recorrer, dejaré que esta hilera de letras llegue hasta a ti, haciéndolas cobrar vida en el alma de tu cuerpo y puedas reconocer la  fantasía de saber más de ti pues tú, tú sabes más de mí que yo de mí  misma. El regalo que me entregaste, un maravilloso tesoro permanecido en las cumbres del último suspiro.  Nombrarte sería mi pecado, mi querido e intuitivo forastero.

2015-11-03

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